EL AZAR DE LAS LECTURAS (Rafael Fauquié)

Leer es acercarnos a lo escrito por otros. Es percibir el mundo a través de los ojos y la palabra de otros. Los instantes vividos por cada escritor, se vuelcan sobre páginas abarrotadas con signos sujetos a la comprensión de la lectura. Los libros hablan y, al leerlos, también los escuchamos. Para que nuestras lecturas signifiquen y se integren a nuestra experiencia, tienen que comenzar por hacerse diálogo. Leer es dialogar: comunicación entre las razones del libro y las nuestras; encuentro de palabras y perspectivas: las del lector y las del escritor. Dialogar es, también, responder. Al leer respondo a eso que otro me dice. Mi diálogo con el libro es, sobre todo, mi respuesta a él. Hablar con los libros es hacer de ellos algo real; descubrir influencias que incorporamos al espacio de nuestras propias experiencias. Existen libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas y acciones que quizá nunca llegarán a abandonarnos del todo. Libros que nos guían, que nos señalan opciones a las que acogernos, inconscientemente, sin darnos cuenta, acaso, de que ellos están escribiendo una suerte de subrepticio guión para muchos de nuestros pasos. A través de los libros, podemos identificarnos con gestos y respuestas que nos sentimos capaces de asumir, modelos en los que podemos reconocernos.

 

Con algunos libros nos identificamos. Y conversamos con esas palabras que llegan hasta nosotros y convertimos en parte de nuestro repertorio de palabras. Como cualquier experiencia de comprensión, la lectura amplía o modifica nuestros horizontes, contribuyendo a conformar un personal mapa del universo, cartografía o diseño ético en el que orientar muchos de nuestros recorridos.

 

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, en un largo proceso relacionado con nuestras vivencias y con el desarrollo de un gusto. A medida que el tiempo avanza sobre nosotros, vamos haciéndonos más selectivos con autores y textos. Apenas algunos autores y apenas algunos libros llegan a conformar ese pequeño círculo de lecturas que el tiempo estrechará en torno nuestro. Y nos volvemos más reacios a permitir que otros textos entren a formar parte de ese grupo de títulos imprescindibles. En su libro De lecturas y algo del mundoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftnref1\»>*, dice Alvaro Mutis “El encuentro con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra”.

 

     Lo que leemos y lo que esperamos leer, lo que nos interesa y lo que no, lo que aprendemos y lo que decidimos ignorar se relacionan. Leer es un leer a nuestro modo, un leer entre líneas, un distinguir más allá o más acá de eso que el libro dice. En toda lectura existen espacios de libertad, superficies en blanco que nuestra imaginación, inteligencia o sensibilidad, se encargarán de completar.

 

     De muchas maneras, los libros nos escogen: se encuentran con nosotros en una especie de aventura señalada por el azar. Leemos, apenas, una ínfima parte de cuanto ha sido escrito. Una ridículamente minúscula fracción de cuanto otros escriben y escribieron llega hasta nosotros. El azar de la lectura es, de muchas maneras, el azar de los fortuitos encuentros.

 

Los libros de un autor, más que parecerse entre sí, se aproximan en sus diferencias para terminar por expresar entonaciones y ritmos semejantes. Quizá la mejor manera de entender eso que otro dice sea leyéndolo. Extraordinaria y genuina comunicación, la lectura es diálogo entre dos seres; una peculiar forma de conocer y compartir. La lectura, a diferencia de la conversación, del intercambio verbal, no se contamina con despropósitos, contradicciones o apabullamientos. Leer es un conversar tal vez más perdurable que cualquier plática. Ese ser que leemos puede hacérsenos, a través de la lectura de sus palabras, extraordinariamente cercano y confidente.

 

Leer entraña siempre la presencia del silencio. En medio de éste, escuchamos y contemplamos razones ajenas. En silencio se nos muestran esas verdades que nuestros ojos escuchan. En silencio aprendemos a escuchar las palabras que miramos y que nos miran.

 

Los autores con los que llegamos a identificarnos, suelen ser descubrimientos que comenzaron por producir en nosotros una reacción de desconcierto. Leemos, releemos y volvemos a releer esas páginas que coinciden con nosotros. Coincidir con un autor es mucho más que preferir un estilo de escritura, significa descubrir en ese autor actitudes y propósitos con los que podemos llegar a asociar la literatura misma.

 

Este es un libro abierto, un libro que podría hacerse interminable. Texto de lecturas cuya conclusión estuvo dictada, sobre todo, por la paciencia. Casi cabalísticamente, decidí redondear en veinte el número de esas lecturas. Algunos de los escritores leídos me han acompañado a lo largo de muchos años. Otros, por el contrario, son descubrimientos muy recientes y mi conocimiento de su obra se limita, apenas, al texto reseñado. Pero, de alguna manera, todos evocan para mí imágenes similares ante el hecho literario. Se relacionan entre sí a través de ciertas opciones: de vida, de escritura. Opciones en correspondencia con mis propias opciones; acercamiento a propósitos existenciales y literarios que, personalmente, comparto. Todas las lecturas fueron, así, guiándose por una especie de proyecto personal: servirme de ellas, de sus expresiones, de sus temas; hacer de éstos una referencia útil, suerte de ejemplaridad necesaria y sustentadora.

 

     Todos los escritores leídos son ensayistas, pensadores; o si no, si, como en el caso de Rilke, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, son poetas o novelistas, entonces fueron leídos en función, principalmente, a su palabra argumentativa, memorizadora. Palabra que opina sobre la vida y la escritura, que razona a partir de ellas; vida reflejada en la escritura y escritura reflejada por la vida.

 

Destaco en mis comentarios cierta noción que doy en llamar “escritura del camino”; esto es: palabra en muy directo contacto con la existencia que la alimenta, compañera cercana a experiencias y recuerdos; expresión que, casi confidencialmente, memoriza y argumenta. En su libro Claros del bosque, dice María Zambrano: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira … no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. La escritura del camino podría entenderse como una recreación de esos “claros” que vamos descubriendo a medida que avanzamos por nuestros recorridos; también una manera de identificarlos o justificarlos.

 

El desvanecimiento de un ser que vive contrasta con la articulación de ese mismo ser que escribe. La  experiencia del hombre, vaga, contradictoria, puede reflejarse en la plena coherencia de la página escrita. La vida casi nunca es predecible, la escritura sí lo es. La vida no es siempre coherente, la escritura suele serlo, o debería serlo. La vida no da segundas oportunidades. ¿La escritura lo hace? La vida tiene, a veces, el propósito que nosotros le damos; algo que siempre sucede con la escritura, que depende por entero de nuestras decisiones. La escritura no escapa a nuestras manos. La vida suele hacerlo. Tratamos, tal vez, de vivir de la misma manera en que escribimos: trazando conscientemente ciertos signos en los que creemos encarnar o en los que nos gustaría ser reconocidos.


CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftn1\»>* Bogotá, Planeta colombiana, 1999

 

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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

  

 La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo siglo. El poema alemán, si bien algo anterior en el tiempo, corresponde a una etapa posterior en la evolución de la fábula. El ámbito de la Völsunga es mítico y bárbaro; el del Nibelungenlied, cortesano y romántico. En 1755 se descubrió en Hohenems (Suiza) un texto manuscrito completo del Nibelungenlied o, según las palabras del último verso de la obra:
 
 hiet hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not
 
 Aquí tiene su fin el cantar / ésta es la desdicha de los Nibelungos
 
del Nibelunge Not, Pena o Desdicha de los Nibelungos. Se encontraron después en distintas bibliotecas de alemania, de Austria y de Suiza, veinticuatro manuscritos, completos y fragmentarios, en pergamino, anteriores al siglo XV, y diez manuscritos en pergamino o papel, de fecha posterior. La primera edición crítica del Nibelungenlield fue la de Lachmann, en 1826; la más acreditada de las versiones al alemán moderno es la de Karl Simrock, en el metro original, publicada un año después.
 A favor del movimiento romántico y del culto a Ossian, la fama del Nibelungenlied se dilató. Federico II, sin embargo, negó su entusiasmo al viejo poema; dijo que nada bueno podía salir de alemania. Hay que tener en cuenta que Federico, discípulo de Voltaire, casi no admitía otra literatura que la francesa; el idioma alemán era para él un idioma doméstico, y tal vez lo ignoraba tanto como su padre, Federico I, que acuñó la famosa frase: «Ich stabiliere die Monarchie wie auf einem Rocher von Bronze.» La guerra de liberación exaltó, como era natural, el nacionalismo alemán; una consecuencia fue la reimpresión del Nibelungenslied en una edición barata, para soldados. Goethe observó que el redescubrimiento del poema señalaba un período en la historia de la nación; en otra oportunidad juzgó que el Nibelungenlied era clásico, pero que no debía tomárselo por modelo, como tampoco «a los chinos, a los serbios, o a Calderón». Algunos panegiristas lo llamaron Ilíada del Norte; Carlyle opinó que, fuera del carácter narrativo y de la materia guerrera, nada tenían en común las dos obras. Schopenhauer dijo que comparar el Nibelungenlied con la Ilíada era una blasfemia, a la que no había que exponer los oídos de la juventud. Croce, hace poco, ha escrito: «Se podría, tal vez, encontrar un término medio entre el juicio desdeñoso de Federico II y las exaltaciones de aquellos críticos románticos que han hecho del Nibelungenlied el gran poema nacional de alemania y hasta, no se sabe por qué, el libro de las gentes germánicas.»
 Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
 
 Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit
 von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit,
 von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen.
 von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen.
 
 
 Las asistencia, viejas historias nos cuentan muchas maravillas
 de héroes admirables, de grandes trabajos,
 de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
 ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
 
 Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder. Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el héroe y la doncella se ven:
 
 Sam der liebte, mane / vor den sternen stat.
 der sein so luterliche / ab den wolken gat,
 dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot.
 des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot.
 
 Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
 borra la luz de las estrellas,
 así estaba Krimhild entre las mujeres,
 alegrando el corazón de los guerreros.
 
 El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
 Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa vencida.
 Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
 En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Así interpreta Wagner el mito; quienes conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos.
 Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
 En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
 Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild, airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
 Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen; luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa; Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
 Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina la primera parte del Cantar.
 Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta, con el propósito de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otros trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio; una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed, beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
 El poema se cierra con esta estrofa:
 
 I\’ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach:
 wan ritter unde vrouwen / wein man da sach,
 dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot,
 hie hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not.
 
 No puedo referir qué pasó después.
 Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
 a sus queridos amigos muertos.
 Aquí la historia tiene fin: éste es el Pesar de los
 [Nibelungos.
 
 
 Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. La métrica del poema ha sido estudiada por Colleville y Tonnelat, en su edición de 1944, publicada en París.
 La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor. Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
 Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo vínculo pagano de la sangre.
 Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así, ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
 

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EL LIBRO DE LOS HEROES

 

    

A fines del siglo V y a principios del VI, Teodorico, apellidado el Grande, fue rey de los ostrogodos y de los romanos. A la cabeza de un ejército de doscientos mil hombres derrotó a Odoacro, rey de Italia, en Verona, y lo cercó después en Ravena. El hambre obligó a éste a hacer proposiciones de paz, y al cabo de prolijas negociaciones se convino que ambos reyes compartieran el cetro. Para celebrar la concordia, Teodorico invitó a Odoacro a un festín en los jardines del palacio. Dos hombres se arrodillaron ante Odoacro con una petición y le sujetaron las manos; Teodorico, entonces, lo mató con su espada. «¿Dónde está Dios?», preguntó Odoacro al caer. Había cumplido sesenta años; Teodorico se maravilló de la facilidad con que penetró el acero en la carne. «El miserable no tiene huesos», dijo con indignación o estupor. Jordanes (De rebus Geticis, LVII) escribe con sobriedad: «Teodorico primero lo perdonó y luego lo privó de la luz.»
 Nebulosas memorias de Teodorico, llamado Teodorico de Verona, Dietrich von Berne, y de su batalla de Ravena, llamada Rabenschlacht, Batalla de los Cuervos, perduran en el Libro de los Héroes (Heldenbuch), colección épica del siglo XIII, en que asimismo se habla de Atila, de Kriemhied y de Hildebrand. Ya hemos visto que los conceptos de batalla y de aves le presa son inseparables en toda la epopeya germánica.
 En una de las composiciones incluidas, el Wolfdietrich, Dietrich es criado por una loba, como Rómulo y Remo o como el Mowgli del Libro de la Selva, de Kipling.
 Transmitidos de generación en generación, los hechos de la historia han tomado formas irreales. Gigantes, enanos, dragones, huevos de dragón y jardines mágicos infestan el Heldenbuch, que fue uno de los primeros libros alemanes que se imprimieron. De una versión del siglo XV, obra de un tal Kaspar von der Roen, de Rünnerstadt, copiamos esta estrofa, escrita en alemán medio, ya del todo accesible:
 
 Da vornen in den kronen
 Lag ein karfunkelstein.
 Der in dem pallast schonen
 Aecht als ein kertz erschein;
 Auf jrem haupt das hare
 War lauter und auch fein,
 Es leuchtet also klare
 Recht als der sonnen schein.
 
 Al frente de la corona
 había una piedra carbunclo,
 que en el bello palacio resplandecía
 como un cirio;
 en su cabeza el pelo
 era límpido y fino,
 y brillaba tan claro
 como la luz del sol.

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EL CANTAR DE LUDOVICO

 

 

En el año 881, Luis III, rey carolingio de Francia, hijo de Luis el Tartamudo, derrotó en Saucourt a un ejército de invasores escandinavos y les mató nueve mil hombres. Hacía mucho tiempo que los francos occidentales hablaban un ídioma románico, pero esta victoria de un rey franco fue celebrada en un cantar alemán, el Ludwigslied. Los francos son en el Ludwigslied el pueblo elegido de Dios. Este, para probarlos y para castigar sus pecados, permite que hordas de hombres bárbaros atraviesen el mar e invadan y destruyan la tierra. Finalmente se apiada y ordena al rey:
 
 Hludwig, kuning min / Hilph minan liutin!
 Heigun fa northman / Harto bidwungan.
 
 Ludovico, rey mío, ¡ayuda a mi gente!
 Duramente los cargan los hombres del norte.
 
 Luis, con el permiso de Dios, levanta su bandera de guerra:
 
 Tho man her godes urlub / Hueb her gundfanon uf.
 
Marcha contra los invasores y los deshace. El poema concluye con las alabanzas de la fuerza de Dios. A diferencia de la oda de Brunanburh, la victoria se atribuye al Señor, no al solo coraje de los hombres. Así, el Ludwigslied participa a la vez de lo épico y lo piadoso.
 El rey murió al año siguiente y el Ludwigslied, que se escribió para celebrar su victoria, es la última pieza memorable del siglo IX. Más de dos siglos de silencio la siguen. El idioma enmudece; en los monasterios se empieza a versificar en latín. La dinastía carolingia se extingue en 911; Otón I asume el título de emperador de Roma y se propone helenizar y latinizar la cultura alemana. El Ruodlieb, poema de materia germánica, se escribe en latín. En la Universidad de Cambridge se guarda un manuscrito del siglo XI con una larga composición de versos pareados, escrita alternadamente en latín y alemán. Heinrich rima con dixit, manus con godes hus (casa de Dios), etc. De un diálogo amoroso son estos versos:
 
 suavissima nunna / coro miner minna
 resonante odis nunc silvae / nun singant vogela in walde.
 
 Dulcísima monja, prueba mi amor
 Las selvas resuenan con cantos; cantan los pájaros en el bosque.
 
 Un hombre, Notker Labeo el Alemán (952-1022), trata de salvar la lengua vernácula. Ha observado que «en la lengua materna puede comprenderse rápidamente lo que en lengua extranjera apenas se entiende o se entiende mal». Escribe una retórica en alemán y vierte a este idioma el Libro de Job, los Psalmos, las Categorías de Aristóteles y el Consuelo de la Filosofía de Boecio. En su retórica cita unos versos contemporáneos en los que conviven la antigua aliteración y la nueva rima.
 

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EL HELIAND

  
De la literatura poética de los Altsachsen (sajones asistencia, viejos, así llamados para diferenciarlos de los sajones de Inglaterra) sólo dos piezas han quedado: el Heliand y el Génesis. El Heliand, fragmentario, está disperso en cuatro manuscritos, que se conservan en Praga, en Munich, en la biblioteca del Vaticano y en el Museo Británico. El más antiguo de los manuscritos, el último, data del siglo X; el poema fue escrito en el siglo IX. Un documento latino refiere que Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, encomendó a un sajón, que había alcanzado entre su pueblo fama de excelente poeta, la versión métrica de los dos Testamentos. El sajón acató esa orden, que confirmaba otra que un ángel le había dado en un sueño, y compuso poemas «que aventajan en hermosura a todos los demás poemas de la lengua alemana» (ut cuncta Theudisca poemata sua vincat decore). Una referencia a los poemas indica que se trata del Heliand; en la historia del sueño hay una evidente contaminación de la historia de Caedmon.

 El Heliand (en alemán actual, Heiland, Redentor) no se basa directamente en los evangelistas, sino en los comentarios latinos de Beda, de Alcuino y del enciclopedista Hrabano Mauro. Tal erudición contrasta con la simplicidad del poeta, que hace de Dios Padre un rey; de Cristo, el príncipe; de los apóstoles, guerreros; de Herodes, un «donador de anillos»; de los pastores, «guardadores de caballos», y de Satanás, un «poseedor de la capa de invisibilidad», o Tarnkappe. El poeta se exalta cuando Simón Pedro saca la espada y le corta la oreja derecha al siervo del pontífice (Juan, XVIII, 10) y escribe, cuando Cristo resucita a Lázaro: «Dio al héroe caído la vida, le permitió seguir disfrutando de los deleites de la tierra.» Insiste en que Jesús procede de la casa real de David. Omite la advertencia: «Al que te golpeare en una mejilla, dale también la otra.» Del Heliand se ha dicho que es menos una imitación de las antiguas epopeyas germánicas que un genuino ejemplo del género, aunque el héroe es ajeno a la tradición de la estirpe. Es verosímil suponer que la fama que ya había alcanzado el poeta antes de escribir el Heliand se debiera a composiciones paganas, que el azar ha perdido. Ya hemos visto que el tono, las metáforas y el vocabulario corresponden a la épica. El buen manejo de los comentarios latinos sugiere que el desconocido autor era un clérigo. Seis mil versos han llegado a nosotros. Bien pudo haberlo redactado en el monasterio de Fulda, en cuya biblioteca encontraría el material necesario.
 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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